El pasado 27 de septiembre tuve el placer de formar parte de una actividad de Cosmopoética 2026 junto a mis compañeros José García Obrero y Esther Mañoso. El paseo por el Parque de la Asomadilla tenía varias paradas y, en cada una de ellas, hacíamos una introducción explicando o contextualizando ese lugar en el marco de la actividad. Para la primera parada preparé un texto con algunas ideas que quería compartir. Lo coloco también por aquí para que más gente pueda leerlo.
¿Quién domesticó a quién?
La tierra que antes solo sostenía los pasos apresurados de seres humanos cazadores y recolectores sintió un día la caricia torpe de una mano que sembraba. En el amanecer del Neolítico, hace unos 10.000 años, cuando el hielo se retiraba y se abrían nuevas oportunidades, el ser humano comenzó a dejar de perseguir la vida para verla brotar. Aquellos primeros cultivos (humildes espigas de escanda y legumbres silvestres) fueron como anclas que detuvieron nuestros pies errantes. La semilla exigió permanencia, y alrededor del surco nació el hogar; el refugio se hizo piedra y el tiempo empezó a medirse por cosechas.
El éxito de la espiga multiplicó los vientres y las bocas, y la población dispersa se apretó hasta volverse ciudad. Nuevas sociedades urbanas florecieron, no como meros refugios, sino como grandes organismos de adobe donde el alimento debía ser custodiado y distribuido. Pronto, las urbes primitivas integraron cultivos urbanos en sus patios, transformando el tejido de piedra en un laberinto fértil donde la supervivencia dependía de la proximidad del brote.
Con los siglos, el estómago saciado dio paso al sosiego del espíritu. Las huertas de recreo y los primeros jardines de la antigüedad (desde los vergeles colgantes de Babilonia hasta los patios perfumados de la Persia aqueménida o las huertas ajardinadas de Medina Azahara) nacieron cuando el ser humano, libre en buena parte ya de la urgencia del hambre, buscó en las plantas la belleza, la sombra y el misticismo. La vegetación ya no solo alimentaba el cuerpo, sino el alma, y tenía otras utilidades, una herencia que cruzó los tiempos hasta transformarse, tras el humo y el hollín de la Revolución Industrial, en los actuales parques urbanos: pulmones de asfalto y oasis democráticos donde buscamos desesperadamente reconciliarnos con la naturaleza de la que nos sentimos exiliados.
Sin embargo, en este largo viaje que la historia narra como el triunfo del ingenio humano sobre la naturaleza, yace oculta una paradoja silenciosa. Creímos domesticar las plantas a través de su cultivo, pero, visto desde la perspectiva vegetal, fue la escanda, aquel trigo primitivo de raquis quebradizo, la que doblegó nuestra voluntad. Para propagar sus genes por el planeta, el trigo (como el arroz o el maíz) nos arrancó buena parte de la libertad y nos encadenó a su cuidado. Nos obligó a rompernos la espalda retirando piedras, a derramar sudor bajo el sol inclemente para eliminar cualquier competencia y a levantar imperios solo para asegurar su custodia. ¿Quién domesticó a quién? Desde este punto de vista, no fuimos los amos; fuimos los siervos que algunas especies seleccionaron para colonizar la Tierra.
En una visión más integral, no existió una especie domesticadora y una domesticada, sino un pacto invisible y milenario. Lo que la ciencia llama hoy coevolución es este baile simbiótico donde dos reinos se transforman mutuamente. Las especies como el trigo alteraron nuestra anatomía, nuestra dieta y nuestra estructura social; nosotros alteramos su genética y extendimos sus raíces por continentes que jamás habría alcanzado el viento. Eso se amplió poco a poco también a especies que nos proporcionan otros usos, como las que utilizamos en la jardinería de las ciudades. En cada parque urbano actual, en cada huerto de balcón, late aún ese idilio antiguo: una historia de seducción mutua donde el ser humano y la planta caminan de la mano, transformándose el uno al otro a través del tiempo.